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Síndrome de Estocolmo Corporativo

Sindrome de Estocolmo

Llamo Síndrome de Estocolmo Corporativo al enamoramiento que el director tiene con los empleados que le tienen secuestrado, y le impiden con telarañas mentales tomar las decisiones que se requieren; probar las nuevas estrategias y pensar distinto ante la crisis.

La crisis no acaba de pasar. Seguramente a usted le afecta de una o de otra forma. Quizá sus clientes ya no compran tanto como antes, quizá sus proveedores no le están entregando con el rigor acostumbrado; y más probablemente sus cuentas por cobrar estarán creciendo un poco, por decir algo ligero.

El bache económico en que estamos puede durar algún tiempo más, pero dejar a que “las cosas” se arreglen por sí solas, me parece mal consejo. Hay mucho qué hacer hacia dentro de su organización y, particularmente en referencia a este espacio, en cuanto a los esfuerzos de mercadotecnia y comunicación que su empresa lleva a cabo.

Ya hemos hablado aquí de las 5 “Ps”; así que no haré más ahora que recordarlas, con la intención de que usted piense si está haciendo todo lo que se debe en referencia al Producto, al Precio, a la Plaza (distribución), a la Promoción (comunicación comercial), y a las Personas. Estas 5 áreas de análisis deben ser revisadas ahora más que nunca.

El título inusual de esta columna viene al caso perfectamente. Quiero hacer referencia a lo que yo he bautizado el Síndrome de Estocolmo Corporativo; ese que seguramente usted sufre en algún grado.

Me explico mejor. De acuerdo a Wikipedia –por no ir más lejos en una investigación que tomaría mucho más tiempo y nos llevaría al mismo lugar- el Síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica en el que la víctima de secuestro o persona detenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. En ocasiones, los prisioneros pueden acabar ayudando a los captores a alcanzar sus fines o evadir a la policía.

Debe su nombre a un hecho curioso sucedido en la ciudad de Estocolmo, Suecia. En 1973 se produjo un robo en el banco Kreditbanken de la mencionada ciudad sueca; los delincuentes mantuvieron como rehenes a los presentes en la institución durante 6 días. Al entregarse los captores, la TV captó el momento en que una de las víctimas besaba a uno de los captores. Y, además, los secuestrados defendieron a los delincuentes y se negaron a colaborar en el proceso legal posterior.

Uno caso famoso del Síndrome de Estocolmo es el de Patricia Hearst, del que hasta se hizo una película. Durante el atraco protagonizado por el Ejército Simbiótico de Liberación en el banco Hibernia, Patty, nieta del influyente y poderoso editor William Randolph Hearst, después de haber sido retenida por la organización terrorista, se unió a ella después de haber sido liberada.

Pero eso es el Síndrome de Estocolmo. Así, a secas. Yo le añado la palabra Corporativo; pues quiero tipificar lo que creo sucede en muchas oficinas como la suya y como la mía: el director está secuestrado, y más allá, está enamorado de sus captores. Y vaya que no me refiero a un problema de seguridad –eso es cosa de otros espacios- sino de uno de los más vigentes temas de negocios en época de crisis.

Llamo Síndrome de Estocolmo Corporativo al enamoramiento que el director tiene con los empleados que le tienen secuestrado, y le impiden con telarañas mentales tomar las decisiones que se requieren; probar las nuevas estrategias y pensar distinto ante la crisis.

Me refiero específicamente a los subordinados que mantienen a sus superiores como rehenes de la forma actual de hacer las cosas; y de los directores que se entregan a ellos con amor, cuidándoles y comprendiéndoles: dejando pasar la necesidad de tomar mejores decisiones; de hacer cambios en la manera de comunicar; en la estrategia de precio; en la forma de presentar el producto, y tantas otras cosas que necesitan hacerse con urgencia.

Al entregarse a sus captores, los directores se ponen solos las esposas que les mantienen los brazos firmes tras la espalda, cuando debieran estar tomando acciones en el campo de batalla.

Hace tiempo regalé a mis amigos Enrique y Carlos unas esposas de policía con la siguiente nota: tenlas siempre sobre tu escritorio, nunca en tus muñecas. Ojalá esta nota también le sirva a usted.

Pablo A. Zubieta
pzubieta@markcomm.com.mx