El carácter inicia su formación desde el nacimiento; la forma en que un bebé expresa sus necesidades y logra satisfacerlas, marcan una pauta clara del estilo de características innatas que lo acompañan, si llora suavemente o grita a voz en cuello. Si llora y se calma fácilmente o pareciera que llora con enojo.
Sin embargo estas características genéticas pueden modificarse a través de la interacción con su medio ambiente, especialmente con su medio familiar. El tipo de estímulos y consecuencias a que sea expuesto modificarán y educarán su temperamento.
Los primeros años se caracterizan por un sentimiento natural de egocentrismo, el niño se percibe a sí mismo como el centro de la familia y prácticamente de cualquier grupo social donde se mueve. Demanda atención, tiempo y cosas materiales sin medida porque en su inmadurez emocional sólo sus necesidades son importantes.
El contacto con las primeras reglas y límites le dará un esquema claro de su espacio físico y emocional, permitiéndole conocer también el espacio de las otras personas, provocando de esta forma que desarrolle la capacidad de empatía.
Este descubrimiento natural de otros seres valiosos con derechos y necesidades lo situará en un grupo afectivo donde aprenderá a ceder su lugar, a esperar, a negociar y en ocasiones a perder, enfrentándolo así a sus primeras frustraciones.
Gradualmente aprenderá a soportar la incomodidad de recibir un resultado distinto al esperado al tiempo que irá desarrollando mecanismos importantes que fortalecerán su carácter.
La motivación es el motor que provoca que un hombre persiga sus sueños hasta alcanzarlos, para sentir motivación es preciso ”desear” algo y sólo la ausencia o privación de ese algo puede motivarnos.
Cuando un niño recibe todo lo que pide e incluso lo hace de forma gratuita se le está privando de la capacidad de entender y sentir ese deseo que motiva.
Pero cuando un niño aprende a postergar el placer, cuando debe esperar para comer ese dulce o conseguir ese videojuego está instalando en su carácter las bases de la templanza que en la adolescencia se podrán traducir en la capacidad de rechazar una droga o involucrarse en alguna conducta peligrosa para él.
La frustración es una emoción que fortalece el carácter, cada vez que nos topamos con una puerta cerrada nos provoca a buscar otra puerta o una ventana abierta. Los primeros encuentros con la frustración arrancan lágrimas que funcionan como una válvula de escape; pasado el momento del llanto, el niño descubre que la vida sigue y al encontrarse de nuevo con un evento frustrante lo hará con nuevos recursos.
Aprenderá que un fracaso es sólo un proceso de retroalimentación, un ensayo previo a la conducta final, la oportunidad de intentarlo de nuevo con nuevas estrategias o modificando el estilo previo.
Una vida sin tropiezos impide el desarrollo de mecanismos saludables de defensa; un niño que enfrenta la pérdida de un partido de futbol o la niña el concurso de baile se traduce en adolescentes que enfrentan positivamente los tropiezos y buscan esforzarse de nuevo.
Y en la edad adulta tendremos profesionistas que manejarán saludablemente el estrés, en contraposición con quienes, al nunca haberlo enfrentado, ante el primer fracaso amoroso o la pérdida de un negocio buscan escapar a la frustración que los ahoga y lo hacen de forma equivocada con el alcohol, las drogas o atentando contra su propia vida.