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¿Cómo crear Salud?

¿Cómo crear salud?

Lo conocemos bien porque venimos escuchando desde hace tiempo de su actitud tirana, de la forma en que afecta momentáneamente nuestro sistema inmunológico dejándonos indefensos ante el ataque de virus oportunistas y cómo genera reacciones psicosomáticas.

De manera que podríamos sentarnos en torno a una buena taza de café a enumerar sus males y mencionar nombres de conocidos que lo sufren. Sin embargo, ese estrés tan atacado y temido tiene también cualidades positivas, siguiendo el decir de los sabios antiguos “depende de la cantidad pues todo en exceso es malo”.

Una buena dosis de estrés impulsa y motiva para alcanzar una meta y nos mantiene enfocados en nuestros sueños.

La vida moderna tiene impreso como un sello distintivo la tarea de optimizar el tiempo, de manera que para ser exitoso se debe traer bajo el brazo o en el bolsillo una agenda donde cuidadosamente se ha distribuido cada minuto del día. Incluso muchos de nosotros tenemos el hábito de cerrar cada día con una reflexión severa del seguimiento que dimos a nuestros deberes para decidir si fuimos eficientes o dormiremos con la culpa.

Culpa que con el paso de los días cobra su factura enfermando nuestro ánimo y, posteriormente, nuestro cuerpo.

El cuerpo tiene mecanismos de alerta que utiliza constantemente enviando señales para advertirnos cuando estamos a punto de enfermar; de ahí la importancia de aprender a identificar dichas señales.

Para crear salud la primera tarea es el autoconocimiento, identificar los diferentes estados de ánimo y las sensaciones corporales que los acompañan: la forma de respirar, la temperatura de la piel, el ritmo cardiaco, los movimientos poco comunes y automáticos de las manos (como frotar los dedos), entre otras.

Aún cuando cada persona es única y procesa de forma individual las emociones existen ciertas generalidades:
Un estado positivo se acompaña de respiraciones profundas y suaves, el corazón apenas se escucha, la piel se siente suave, la temperatura es normal y, sin importar la edad, nos sentimos llenos de energía y optimismo.

Un estado de tristeza puede provocar que la piel se enfríe, la respiración sea muy marcada como cuando se suspira profundamente y nos envuelva el desgano, provocando que vengan a la memoria episodios donde nos hemos sentido solos.

El estado de ansiedad produce una respiración agitada, se puede escuchar fácilmente el latir del corazón e incluso latir con fuerza. Las manos pueden reflejar reacciones como sudor, temblor o mucha actividad (tronarse los dedos o apretar una contra otra).

Sufrimos crisis de temor que nos paralizan, de pronto somos conscientes de todos los riesgos existentes y tememos enfermarnos, perder el trabajo, estar solos o morir. Inmersos en este remolino de sensaciones creemos que estamos perdiendo la razón.

Si la primera tarea fue el autoconocimiento y ya puedes identificar los elementos comunes a tus estados de ánimo, la segunda tarea consiste en provocar deliberadamente un estado positivo.

Haz una lista de las cosas que disfrutas: caminar, escuchar música, saborear algo, conversar con alguien, pintar, leer…

Y de la misma forma eficiente en que das seguimiento a cada una de tus tareas, dedícate cada día un momento para ti mismo.

En un inicio, mientras se convierte en un hábito, inclúyelo en tu agenda. Asígnale un tiempo que habrás de observar con el mismo respeto que al resto de tus compromisos; si eres obsesivo, no te alarmes, basta con dedicarte 15 minutos al día.

Otro aspecto importante es el “mantenimiento espiritual”. El ser humano tiene -aunque la esconda o pretenda negarla-, una parte espiritual. Es ese vínculo con Dios, con esa fuerza superior o como quiera llamar, a la fuente de donde se alimenta su alma. El espíritu como el cuerpo, se enferma cuando no recibe alimento.

Cualquier noche antes de dormir reflexiona sobre tus creencias y la forma en que te mantienes ligado a ellas.

Si en medio de todos tus éxitos sociales y profesionales, descubres un vacío profundo, difícil de precisar: cierra los ojos y busca, como cuando eras niño, esa paz te arropaba con la oración antes de dormir.

Por: Marina A. Pérez Martínez
mperez@sanroberto.edu.mx

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